
Anda que son ustedes piadosos conmigo: les pido que me recomienden algo que me dé satisfacciones intelectuales, algo lógico que no tenga nada que ver con Perdidos, y me recomiendan ustedes una serie coescrita y codirigida por David Lynch. Nunca se me olvidará lo turbado que quedé después de ver Mullholand Drive; y menos si ustedes se dedican a hacerme ver cosas del mismo estilo.
No obstante, Twin Peaks (de ella hablamos) va con la verdad por delante prácticamente desde el primer episodio: los métodos de investigación empleados por el agente que vertebra toda la trama no son apenas racionales, pero tampoco nos han prometido que lo sean en ningún momento. Twin Peaks es una serie con un trasfondo místico; la mitología subyacente resulta a veces un poco simplona, pero sabemos desde el principio de qué va la serie. Los sueños y las visiones constituyen una parte fundamental de la trama; aunque a veces sea un poco difíciles de entender, en todo momento mantienen entre sí la coherencia que se espera de una obra honesta. Existe, una vez que ha acabado la serie, una explicación para todo; mitológica, sí, pero se veía venir.
Pero Twin Peaks no es solo una serie fantástica, o de misterio o terror (géneros a los que pertenece, en parte, a base de introducir ciertos tonos dentro de la fantasía). Uno de sus mayores aciertos consiste, precisamente, en la habilidad que tienen los guionistas a la hora de saltar entre un género y otro: tenemos ratos bastante policíacos (quitando la mística), tramas que parodian los retorcidos culebrones liando entre sí a todos los personajes según todas las combinaciones que permite la combinatoria… Y está la comedia; porque Twin Peaks no es solo emotiva o aterradora, sino por encima de todo hilarante.
Lo es por sus personajes, que están todos locos; algunos han perdido evidentemente el juicio, y otros son simplemente más raros que un perro verde. Entre los primeros se incluyen Leland Palmer, que da risa cuando debería dar pena, Ben Horne, Nadine Hurley… Esta gente (quitando a Leland) cobra mayor protagonismo una vez resuelto el misterio que da pie al comienzo de la serie; conforme la crítica empezaba a cansarse las situaciones y los diálogos de carácter más mundano se iban convirtiendo en auténticas obras maestras. Otros personajes son simplemente raros y lo fueron desde el principio: Dale Cooper y Audrey Horne, por ejemplo, son absolutamente adorables. Cooper, en concreto, es el descojone encarnado. Y a algunas escenas no les hacen falta grandes personajes para ser ellas mismas inmensas: todo lo que ocurre alrededor de Leo mientras este está paralizado debería pasar a la historia del cine.
Conforme se suceden los episodios la parte mística se va haciendo más y más surrealista; el asesinato en cuya resolución consiste en principio la serie se resuelve a mitad de la segunda temporada (la primera es brevísima, por cierto), y a partir de ahí todo se centra en las tramas paralelas y en los espíritus, que lo vuelven todo raro hasta extremos desesperantes. Y el final ya ni les cuento; pero acaba bien.
¡Ah! Olvidábaseme hablarles de la banda sonora (esta). La calidad es evidente, pero algo por lo que se pasa de largo a veces es la variedad: hay un tema que encaja perfectamente en cada situación. Es algo que también contribuye.
La película no es que aporte mucho, y tampoco cuenta con la irreprochable calidad alcanzada por los episodios, pero está entretenida y siempre está bien completar. Ustedes, que en general me sacan unos cuantos años, habrán visto esta serie, con lo que no tiene mucho sentido hacer ninguna recomendación; pero, por si acaso hay alguien por ahí a quien esto le sirva, ¡véanla!
Descubrí esta serie por casualidad; se trata de un spin-off de 

