La onomástica

Puede que se hayan dado cuenta (aunque también es posible que no, porque la verdad es que la autoría la dejan bastante chica los responsables de esto) de que ya no pone Herenvardo debajo de las entradas. Toca cambiarse el nombre por las razones que a continuación enunciaré, y he elegido este sustituto de manera provisional. Aún puedo, si lo creo conveniente, cambiármelo otra vez, aunque dudo muy seriamente que vuelva al que he tenido hasta ahora.

Ocurre lo siguiente: Herenvardo es como se dice (diría) mi nombre en quenya, una de las lenguas élficas que Tolkien inventó para El señor de los anillos. (Ustedes estarán flipando, pero créanme: es mucho más divertido explicárselo a una moza cuando esta te pregunta qué significa tu dirección de correo, y más si es guapa.) Evidentemente, este nombre constituye un residuo de mis doce años, y hace ya tiempo que dejé de sentirme identificado con él; pero, claro, cuando llevas toda tu vida en la red llamándote de una manera, puedes considerar cambiarte el nombre una traición a tus lectores. Pero al final me he decidido: no más Herenvardo.

Existen diversas opciones a la hora de encontrarle un sustituto. La primera y más evidente sería Eduardo Pérez: sobrio, austero y tremendamente aburrido. Pero transmitiría, supongo, cierta impresión de seriedad, y ahora que el blog está hecho un coñazo la verdad es que le vendría bastante apretado. También estaría Pérez, apellido que ya he venido usando en algunos sitios (como en Plurk) y que está bien porque suena a funcionario. Esas son las opciones medio considerables.

Luego está el nombre que me he puesto provisionalmente: Fornicio Pez. Lo he usado ya alguna vez; sobre todo, en la lista de componentes del grupo aquel. Algún día les contaré de dónde viene, pero de momento basta con decir que me gusta bastante. El problema es que no es serio. Por otro lado… ¿este blog lo es? No lo sé: a veces intenta serlo, pero en muchas ocasiones es solo un divertimento.

De modo que la cosa está repartida del siguiente modo (o manera):

  • Herenvardo: más bien no.
  • Eduardo Pérez: sería una buena opción.
  • Pérez: ya puestos, casi prefiero la anterior.
  • Fornicio Pez: mi favorita; solo me falta que no se me eche la gente encima diciéndome que es una gilipollez y que de qué voy, melón.

Ahora solo quedaría que ustedes dieran su opinión, porque tampoco me voy a cambiar el nombre con todo el mundo en mi contra (aunque, oye, eso sería un acto de valentía… Bueno, ya está). ¿Están ustedes ahí?

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