Y estaba yo sacándome el teórico y leyéndome el Quijote; y en esto que, un día de finales de junio, me dio por terminármelo y vine aquí a contarles mi impresión. Impresión que ha sido, por supuesto, muy altamente satisfactoria, pues no sería yo tan temerario de venir aquí a decirles que tan estimado clásico no me vale a mí como a otros tantos.
La primera vez que empecé a leerme el Quijote tendría yo doce años. No recuerdo si llegué a terminarme la primera parte, pero, aun en el caso de que no lo hiciera, sé que me leí un buen porcentaje de ella. Tenía yo la edición cuya portada podéis ver a la derecha de estas líneas, que fue un regalo de cumpleaños que pedí como buen pedante; pues es una suerte de edición definitiva con volumen complementario, catorce introducciones y una buena colección de notas al pie. Y el famoso regalo, por cabezón que soy, no me lo pude terminar.
Pero empezaba a resultar llamativo el hecho de que todos los libros que había en mi habitación me los hubiera leído, menos uno. Y como este verano había tiempo, nada más acabar los estudios me puse a leérmelo, y tampoco tardé mucho, la verdad. Pero no hacemos más que postergar la reseña.
El Quijote es un clásico que merece su estatus: ni más, ni menos. Constituye una especie de anacronismo o anomalía temporal; pues resulta extraño (para mí, por lo menos) que en su época apareciera de repente una novela tan distinta, tan experimental, en la que todo se trastoca y queda sujeto a burla. Novela autorreferencial, juego constante, divertidísima después de todo (el propio Cervantes dijo en alguna ocasión que su libro no debía ser visto como un tratado profundo sobre nada, sino como un mero entretenimiento), por intención habría encajado mejor en el siglo XX, y su lectura es obligada.
Como era esperable, recomendación.


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