(No considero necesario informarles de que durante la educación secundaria —dentro de la cual incluimos el bachillerato— constituye una parte importante del programa de la asignatura conocida como Lengua Castellana y Literatura la lectura obligatoria de ciertos libros considerados centrales en la historia de la literatura española. La familia de Pascual Duarte es uno de los libros que pueden presumir de tal reconocimiento para el curso de segundo de bachillerato, y, como no sólo te hacen leértelo sino que después has de demostrar por escrito que lo has leído, y a estas alturas aún más: que además lo has entendido, pienso aprovechar lo aprovechable de entre lo que escriba a continuación para colarlo en el examen si, tal como se nos ha advertido, incluye este una pregunta de comentario crítico o similar.)
Muchos años antes de que Cela se dejara dominar por el experimentalismo que caracterizó su obra durante los años setenta y ochenta y del cual unas veces salió mejor parado que otras, el escritor coruñés alcanzó la fama con una novela de signo diametralmente opuesto: La familia de Pascual Duarte es un violento ejercicio de crudeza en el que Cela parece explorar hasta dónde se puede llegar describiendo barbaridades, cuánto cinismo serán capaces de soportar las tripas del lector; y para exponer al desnudo su pesimista visión del mundo el autor no puede sino hacer uso de una narración lineal apoyada en un reducido puñado de personajes y en no más de tres o cuatro localizaciones distintas que hacen sumamente sencilla la lectura.
Aun así, estamos hablando de un estilo visto desde arriba; hablamos de cómo trata Cela la acción en general, pero si descendemos hasta analizar la historia oración por oración no encontraremos diferencia alguna entre esta primera novela y cualquier otra de su etapa de experimentación: el estilo, la expresión de Cela se mantuvo constante a lo largo de toda su carrera, y encontramos en La familia de Pascual Duarte tanto como en cualquier obra que escribiera Cela en los ochenta la afición a retorcer las palabras, a homenajear satíricamente el lenguaje formal (casi burocrático, podríamos decir) y al mismo tiempo imitar descontextualizadamente las formas de los autores clásicos españoles. Es cierto: Cela, mientras estuvo vivo, ornamentó su expresión hasta convertirla en una autoparodia (suponemos que pretendida) y hablando resultó rimbombante hasta provocar la carcajada.
Claro que no es La familia de Pascual Duarte un libro para reírse precisamente: ya hemos mencionado la dureza de los sucesos contados en él, y contados además por un protagonista a primera vista amoral; un asesino en definitiva. Sin embargo, toda la novela parece destinada a convencernos de que el culpable es el entorno: Pascual Duarte es malo porque, habiéndose criado como se ha criado y rodeado de quienes se rodea, no cabría esperar otra cosa; e, incluso, Cela nos muestra constantemente al protagonista, en sus reflexiones, como un ser sensible obligado a cometer atrocidades, en el fondo contra su voluntad. Se estropea esta visión del personaje cuando salimos de su cabeza y asistimos a los diálogos que sostiene con otros pueblerinos, diálogos tan tontos, tan absurdos, que hacen gracia más que dar pena.
La familia de Pascual Duarte, en conclusión, es un libro excesivo, una completa deformación de la realidad, pero consigue con ello retratar la miseria de una forma tan humana como pocas veces se ha podido ver en la literatura española. Décima recomendación del año, y esto ya no entra en el examen.
Intento leerme todos los libros que nos recomiendan los profesores, aunque sea de pasada; concretamente el de Física nos dijo que nos pilláramos una biografía de
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