Luces de bohemia

Ramón María del Valle-Inclán

Pues qué les voy a decir: que esto es un esperpento, que estamos ante una grotesca hipérbole, una deformación descarnada de la realidad. Sí, es hilarante, pero la carcajada que nos hacen soltar las líneas de Luces de bohemia tienen su origen en un cinismo descorazonador. Todo es alocado y sórdido a un tiempo.

Luces de bohemia exige una lectura reposada; pues, si bien puede leerse como mero entretenimiento (ya les digo que, de puro absurdo, es divertida), el lenguaje que utiliza Valle-Inclán no es fácil: entre la multitud de referencias literarias y la alternancia del más rimbombante léxico literario con los términos más cañís, uno se pierde si no se lo lee con calma y le da un par de vueltas a cada frase.

Valle-Inclán era un tipo interesante que poseía, entre otras muchas cosas, esa afición a jugar con las palabras que garantizaba que, aparte de la importancia de lo que pudiera estar escribiendo, estaba divirtiéndose.

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