Éste es un libro para ser devorado; efectivamente, dije esta tarde: “Antes de coger el autobús me lo empiezo, y así me quito algo para esta noche, que será cuando me lea el grueso del libro”; y cuando he salido para la parada llevaba ciento cincuenta páginas de doscientas que tiene. Dedúcese de todo esto que es un libro ligero, tan orientado al entretenimiento como El laberinto de las aceitunas, e igualmente desopilante. Mendoza es un gran tipo.


Eres como el monstruo de las galletas pero con libros.
A mí lo que me hizo gracia de este libro fue el uso del lenguaje culto por parte de alguien que no ha tenido educación, igualito que en las novelas de la picaresca del Siglo de Oro.
Sigue con tus libros, gracias.