Como lo que estarán deseando es saber si el Robe hizo alguna gilipollez digna de censura, empiezo esta crónica diciéndoles que no. Puede que el Robe sea un imbécil como persona, pero como artista sigo manteniendo que es uno de los pilares del rock en este país; y ayer dio un espectáculo memorable en el que estuvo incluso simpático. Tuvo momentos mesiánicos, momentos en los que fue Dios exclusivamente por el hecho de estar cantando y tocando la guitarra; en general, Extremoduro consigue esa grandeza del rock de los setenta como nadie en España (cosa en gran parte, supongo, debida a la presencia del Uoho). Pero vayamos por partes.
Los teloneros fueron Doctor Deseo. Buen grupo que representa exactamente lo que su nombre indica: sus canciones y su estética tratan de desprender un cierto erotismo; claro que, como yo soy varón y heterosexual, me incomoda un tanto ver gesticular a un calvo con purpurina en la cara. Pero las canciones eran bastante buenas y la atmósfera misteriosa de todas ellas estaba conseguida; los músicos estuvieron correctos, y el cantante tenía presencia escénica (para bien o para mal).
Después de un descanso en el que me clavaron siete euros por un puto bocata y una puta Fanta (lo cual explica por qué la gente había estado, previsoramente, calentándose antes de entrar) apareció un telón en la parte delantera del escenario y yo me coloqué en buen sitio. Sepan que soy enormemente tímido y que poseo un abominable temor a moverme en público; bueno, pues fue sonar “Se apagó el fogón” (con lo que cayó el telón) y me olvidé de quien era, y canté y salté y alcé cuernos. Deltoya, el comienzo, fue uno de los momentos álgidos de la noche, pues la gente estaba deseosa de moverse ya y ésta es una canción que se da a ello. Fue aquí donde me di cuenta de en qué medida es capaz Extremo de azuzar multitudes.
La recta final de Deltoya, como saben, es bastante trash; y es así que en directo se convirtió en el pogo más salvaje de mi existencia, al cual ha de deberse la mayoría de mis dolores óseos de hoy. El pogo este, por cierto, me dejó en la quinta puñeta y mandó al carajo el sitio que había conseguido en un principio.
Continuaron con Sol de invierno (más reposada que Deltoya, pero aun así con gran seguimiento por parte del público), Historias prohibidas (que nunca he llegado a saberme del todo) y Golfa (que, aunque no fue tan salvaje como el memorable comienzo del concierto porque es una canción más lenta, alcanzó las mismas cotas de intensidad emocional e identificación entre los presentes).
Fue después de terminar Golfa cuando Robe dijo que iban a tocar un trocito del nuevo disco… un trocito un poco largo, porque cayó la primera mitad del álbum: la Dulce introducción al caos, el Primer movimiento: el sueño y el Segundo movimiento: lo de fuera. Como era de esperar, hubo momentos en los que la gente se aburría con éstas, pero aun así fue sorprendente cómo la mayoría del público se sabía la letra de las nuevas canciones y las coreaba como había hecho con las demás. Sobre todo creo que Dulce introducción al caos va a sobrevivir a La ley innata y a quedarse entre el repertorio de clásicos de Extremoduro.
A partir de aquí mi memoria, si bien está segura de las canciones que tocaron, ya no lo está tanto del orden en que fueron interpretadas; pero estoy casi seguro de que Buscando una luna fue la vuelta a la normalidad. De nuevo una canción no-tan-rápida, pero intensa y altamente coreable. Voy a aventurarme y decir que después vino, aunque sea mentira, Quemando tus recuerdos, que me gustaba bastante hace unos años y que tenía ahora un poco olvidada. Quemando tus recuerdos posee una coda similar a la de Deltoya, lo que permite el pogo; no me olvido de darle gracias al Señor por haber dejado a la gente ya un poco cansada para estas alturas, porque no habría podido hacer frente a un segundo asalto.
Me parece que fue So payaso la canción que utilizaron para dar fin a la primera parte del concierto. No se le unió tanta gente como cabría esperar, pero aun así fue un momento grande; y el solo de Uoho, uno de los más emocionantes de la noche (tal como ya lo es en el disco). Y con esto se marchó el grupo, se encendieron las luces y llegó el cuarto de hora de descanso, en el que me di cuenta de la exagerada marea humana en la que estaba metido, pues no había un solo hueco en todo el campo de fútbol. Y sobrevino, un poco, la claustrofobia.
No se hicieron de esperar tras el descanso: llegó Uoho y tocó la introducción de Tu corazón, a la que pronto se unió el resto de la banda. Canción marchosa que incitó al baile contenido, gracias de nuevo al Señor. Sucede la empalmaron —fuera cual fuera— con la canción anterior, así que puede que la metieran aquí. Levantamiento popular, como cabría esperar. Otras canciones presentes, según recuerdo, en este segmento fueron Amor castúo (momento de unión entre grupo y público), ¿Dónde están mis amigos? (que fue de lo más coreado de la noche) y A fuego (cuyo ritmo tan trash acusan ahora mis huesos). Y ahora les voy a explicar por qué yo no podía morir sin haber ido a un concierto de Extremoduro: porque sus canciones están clavadas de tal manera en mi subconsciente, porque cada una está tan asociada a cada cosa que me pasara entre los catorce y los quince años, que yo tenía que escuchar alguna vez en directo eso de “Cada vez que te vas doy la vuelta a todo de una patá”. De acero ha sido siempre, por alguna razón, una de mis favoritas; y para mí, personalmente, éste fue uno de los grandes momentos de la noche.
Tocaron J. D. La central nuclear (gran canción; sí, señor) ya próximos al final. Fue una especie de divertimento que el público siguió sin mayor problema. La recta final estuvo constituida por tres canciones; la primera, Standby, preciosa y coreada, que para eso es una de las más conocidas por las nuevas generaciones de admiradores (bah, a tomar por culo: admiradoras) del grupo. En la segunda, Jesucristo García, me tengo que detener. Porque fue indescriptible. Fue Robe quien se hizo el solo, y… ¡qué solo, mi madre! Los estribillos estuvieron bien porque, claro, la gente se los sabía; pero el solo… Le dejaron hacer lo que quisiera, y así salió: Roberto Iniesta Ojea tocando un solo de diez minutos en medio de Jesucristo García con la melena al viento es mi imagen de Dios. No conté los minutos; quizá no fueran diez, pero más de cinco fueron, seguro. Los demás se amoldaban a lo que él tocaba; qué cosa, señores, qué cosa. Probablemente lo mejor de la velada.
Acabó la segunda parte del repertorio con Puta, otra de esas canciones que son una parte de nosotros. Coreada, bailada, saltada; gritada al llegar a la parte del título. Aquí se fueron; pero por supuesto que hubo bises, porque no podían irse sin tocar el himno absoluto de la adolescencia española; les estoy hablando de Salir. Salir fue aún más saltada y coreada que Puta; pero es que para eso es, de algún extraño modo que quita de en medio a So payaso y a Jesucristo García, la canción más famosa de Extremo. Ama, ama, ama y ensancha el alma fue el segundo bis. Nunca me ha gustado mucho esta canción, pero he de reconocer que, por su aceptación, merecía ser la última canción del concierto. Bueno, casi la última.
Bastante agradecí el hecho de que terminaran con Autorretrato, canción no tan conocida como otras pero que a mí me encanta; lo malo fue que no dejaron mucho lugar a las exhibiciones de los instrumentistas. Hablando de la parte instrumental (completamente dominada por Uoho), al llegar a ésta se fue Robe dejando solos a los otros tres miembros de Extremoduro, los cuales se valieron perfectamente por sí mismos. Acabaron empalmando Autorretrato con una versión de Rockin’ all over the world, de Status Quo, de los tiempos de Platero y Tú.
Fue una experiencia acojonante que duró tres horas. El sonido durante la actuación de Doctor Deseo no fue el mejor (se oía demasiado poco al cantante y sonaba demasiado el bombo), pero una vez visto esto pudieron mejorarlo de cara a la aparición de Extremo, a la que sólo se le puede reprochar que a veces se oía poco a Uoho. Pero esto está más allá de la calidad del sonido: fue emocionante.
Había miles y miles de personas en el campo de fútbol. No voy a aventurarme a dar ninguna cifra, pero uno salía de allí y no podía andar por las calles del pueblo, tal era la marea de gente; los taxis llegaban en fila desde Granada. Voy a estar acordándome de esto el resto de mi vida.