Los papeles del capellán VI: La ciencia y la democracia

Ésta es la última entrega de esta serie. Si se sienten nostálgicos, pueden echarle un vistazo a cualquiera de los episodios anteriores. Y es ésta una ocasión excepcional no sólo por ser ésta la última entrega, sino porque por una vez le vamos a dar la razón parcialmente al capellán. Pero sólo parcialmente, no se vayan a creer ustedes.

Después de hablar de lo que él considera flagrantes manipulaciones de la historia (las cuales ya discutimos en el capítulo anterior), el capellán se mete a la política y habla de los problemas de la democracia para establecer verdades universales. En cierto modo acusa de sofista a la democracia, en el sentido de que permite que cada uno tenga su propia verdad y la defienda y promocione con la intención de darle popularidad a la idea. Y, bueno, tiene razón en una cosa: si estamos hablando del origen del universo, la respuesta no puede decidirse democráticamente.

Ya lo están viendo: partiendo de la opinión de este señor, según la cual la democracia conduce al relativismo moral y la absoluta decadencia de los valores, estamos hilando ideas para acabar siendo esto un alegato en el que expondremos por qué la verdad no es democrática; por qué la ciencia no lo es. Y es que, si bien la democracia puede ser un sistema político válido (otra cosa es que a mí me lo parezca), el método por el que se hallan las verdades científicas es exclusivamente lógico y empírico. Por más personas que haya a favor del geocentrismo, las evidencia es impepinable. Este caso es particularmente obvio, pero es frecuente encontrarse discusiones en las que se busca establecer por convenio cuál teoría de entre dos dadas es la correcta, de modo que el fallo es más común de lo que parece a simple vista. Las cosas establecidas en la ciencia por convención son pocas y están bien contadas y razonadas. No cualquier cuestión puede convertirse en una de ellas.

Venga, no voy a privarles de su cita, que lo están ustedes deseando:

No olvidemos que Poncio Pilato fue tan demócrata que hizo lo que el pueblo le pedía: soltar a Barrabás y crucificar a Jesús, a pesar de que estaba convencido de que Jesús era inocente. ¿Puede cometerse una injusticia mayor ni más democrática? El gobernante tiene que servir al pueblo, pero sin caer en el servilismo de la popularidad y el poder a cualquier precio. Por eso tiene que saber decir no cuando lo que el pueblo pide es injusto o inmoral, aunque esto tenga un gran coste político e incluso le haga perder el poder.

Claro, porque los pobres pueblerinos no saben lo que es bueno y lo que es malo, y por eso es el humanitario gobernante el que tiene, en su eterna sabiduría, que decidir por ellos. No está bien crucificar a nadie, pero, leñes, el capellán parte de ahí para enaltecer el despotismo ilustrado. Alucinado me quedo al leerlo.

La serie ha llegado a su fin. Gracias inconmensurables a Ventura, por haberme proporcionado estos papeles que me han surtido de posts durante seis días, sin tener yo más que hacer que sacar citas. Una cosa que debería haber dicho ya en el primer episodio es que esta serie de artículos está escrita desde la más completa humildad, y que probablemente haya fallos en más de una entrega. No tienen más que señalarlos y yo los corregiré gustoso. Gracias a ustedes por su atención.

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