Me dijo que aquella noche quería dormir conmigo, pero en el último momento cambió de opinión y prefirió dejarlo para la noche siguiente. Volví a mi habitación noctámbula resentido por, primero, eso y, segundo, que no había leído nada en todo aquel día. Mi maravilloso ritmo de lectura se estaba yendo al carajo, pardiez.
Había calculado que no me dormiría hasta las cinco. Llegué a mi habitación algo más tarde de las once; empecé a leer La senda del perdedor y cuando terminé las ciento ochenta páginas que tenía mi edición (no muy elegante, he de decir) me fui a la cama. Eran un poco más de las cuatro de la madrugada.
Pensé que había invertido cinco horas en leer un libro de principio a fin; un poco más habría sido una jornada lectiva completa. Prácticamente, la clase de un día me la había pasado metido en la vida —la juventud, en realidad— de Henry Chinaski.
Lo cierto es que el personaje resulta muy creíble, pero eso ha de ser en buena parte porque estamos ante una novela, a medias, autobiográfica. Asistimos en ella a un amplio conjunto de anécdotas de la juventud de Chinaski que van configurando al personaje y van haciendo que veamos cómo madura, desde que tenía dos años hasta cumplir los dieciocho, y cómo va descubriendo las mismas cosas que todo el mundo.
Una constante a lo largo de todos los episodios que conforman la historia es el ambiente de miseria y sordidez, pero la crudeza con la que éste es presentado es en cierto modo socarrona. El tono no es directamente irónico, pero el absoluto nihilismo que encarnan las palabras, el descreimiento, tiene algo de humor.
Doscientas páginas tan bien aprovechadas que parecen bastantes más. Puede que, tras unos cuantos libros más, me lea otro de Bukowski…