No me da tiempo a apuntarlo todo, Amalia, a hacerme de oro con mi cabeza y todo lo que hay en ella porque ahí tiene que estar y aún ha de ser materializado. Llegar al final, volver al principio, opciones igualmente válidas, extremos de un péndulo, puntos límite, inercia. Todo lo que nunca he pensado son cabinas en una noria: todas penden y giran en torno a un mismo eje, y el eje es tu cabeza, que siempre está ahí hasta que deja de estar y entonces no importa que no esté porque es ella misma la que se define, y llegué tan lejos que comprendí que estaba donde empecé, de algún modo, que había vuelto a integrarme, que ahora sabía más pero podía andar por la calle y mezclarme con la multitud. Mirando mis pies mientras paseaba comparé dos cosas y encontré que eran la misma, relativicé mi relatividad hasta ridiculizarla, sentí la hipocresía de ser cínico; creerme todo había sido idiota y ser consciente de ello no hacía más que dotarme de mayor altura y encumbrarme en la estulticia y la abnegación. El bucle, la cinta atascada y desenroscada y desperdiciada, el pitido incesante que había tenido en los oídos durante toda mi vida, el dolor que lo era todo se acababa cuando todo volvía a ser como cabía pensar.
(Yo tampoco sé qué coño pinta ahí Amalia: ahí iba un nombre de chica y fue el primero que se me vino a la cabeza.)
Y lo peor es que estamos en época de exámenes (al menos yo…).