Me ha llovido la excusa para soltarles el rollo sin comerlo ni beberlo: este post de Maiko me tienta a contarles mi historia y exponer mi visión del asunto. Porque yo fui un empollón; aún más: todavía no he dejado completamente de serlo.
Declaré serlo para mí mismo cuando aprendí a leer con las letras magnéticas que había adheridas a la nevera y para el resto del mundo en el momento en el que el primer día que entré en preescolar escribí mi nombre en la pizarra. Cuando con tres años me partí los dientes con el manillar de un triciclo dando lugar a escandalosos defectos en mi dentadura y con cinco empecé a echar tripa sólo estaba confirmando la posición que me esperaba en la escala social del colegio.
Así que durante mi infancia yo fui un caballerete orondo cual tonel, con unas horribles desigualdades que poblaban mis encías y unas paletas ratoniles, y, curiosamente, sin gafas, pues unas que tuve las llevé muy poco tiempo (debido a que mis padres probablemente pensaron que las gafas eran lo único que me faltaba para la repelencia absoluta, y no cuadraba que no las llevara).
No tenía verdaderos amigos y no salía con ellos a la calle a jugar a las canicas o apedrear ventanas; como mucho, me llevaba bien con algún compañero de clase, pero tras salir del colegio me encerraba en mi casa y veía la tele, leía libros o escribía historias pretendidamente ingeniosas. He de decir que ver ahora los productos de mi imaginación de entonces me hacen comprobar que yo era un imbécil, que era repelente, y la verdad es que si ahora me encontrara con mi yo de hace ocho o diez años le daría una buena patada, por melón. Es un ejemplo de gente a la que odio.
Habría que concretar un poco el significado de la palabra “empollón”, pues, como espero que tengan claro, dicho término no significa “que empolla”, como cabría deducir, sino “que saca buenas notas”. No importan aquí los medios sino el fin, y el caso es que durante toda la primaria jamás estudié una página y rara fue la vez que hice deberes (pese a que nos los mandaran). Tenía además cierta tendencia a hacer el ganso, a no atender y a ofuscar a los maestros, así que la mayor parte del día me la pasaba en el pasillo; pero no se preocupen, porque las buenas notas me alejaban de poder ser guay. Además de que era enorme y me faltaba media dentadura, claro.
La consecuencia de mi deplorable actitud fue que hasta sexto la gente pasaba de mí bastante y muchos se metían conmigo, si bien he de decir que jamás recibí paliza alguna, aunque sí varias amenazas; nada pasó en realidad. En sexto, como pasa en mi caso en los últimos años de un ciclo (cuarto de secundaria fue parecido), hallé grandes amistades y tal, y la verdad es que entonces sí me sentí medio persona.
Pero estas amistades se esfumaron al pasarme al instituto, y ciertos fantasmas del pasado volvieron a hacer aparición. Verán ustedes, yo no hice primero de primaria: cuando entré en segundo, claro está, causé cierto revuelo y se me tenía un poco alejado del resto de alumnos porque era un enano y ellos no me tenían por un igual. Al pasar los años ya era uno más, pues tras un lustro compartiendo aula qué más dan las edades, y supongo que por eso en sexto ya era todo chachi.
Cabe esperar que al pasar al instituto, entre la marea de gente nueva, haya pocos acostumbrados, y así fue: de nuevo era un paria. Era el más joven de todo el centro y el cachondeo era abundante. Pasó lo mismo, y al llegar a cuarto ya sólo algún gilipollas que había llegado nuevo se metía conmigo. Además hay que tener en cuenta que alrededor de primero di el estirón y el aparato de los dientes hizo efecto, así que, por lo menos, el componente físico no era tan repulsivo.
Otra cosa que cambió en estos tiempos fue el componente psicológico, pues, si bien mis notas seguían provocando un merecido rechazo, no creo que fuera yo a esas alturas un capullo tan enorme como en primaria, y podía ser hasta medio enrollado. Porque yo tenía cierto complejo, un algo que me hacía pensar que hiciera lo que hiciera mis padres se enterarían, y con once años no decía tacos ni hablaba de sexo o drojas. En secundaria me transformé en el burro que ahora ven, y eso vende un poco más. Pero sin pasarse tampoco, oigan.
No mucho más, miren. Entre segundo y tercero me dejé el pelo largo, entre cuarto y primero me dejé barba. Ahora, en bachillerato, me ha vuelto a pasar lo de que soy de nuevo un enano en un mundo de mayores, pero entre que me traje amigos de cuarto y que no contribuyo tanto con mi actitud a que me descarten, si bien saben que soy ése tan raro, pueden hasta tenerme en cuenta.
Pero aún no he salido del todo del bache en el que me tocó nacer.
Curioso. ¿Sabes que cuando lo estaba escribiendo me acordé de ti? A veces creo que tú te pareces un poco a lo que yo querría haber sido a los quince cuando ya tenía veinticinco. Hum… no sé si me explico bien.
Por cierto: a los seis años no puedes ser un ejemplo de la gente a la que odias, porque no eres gente. Eres un poco persona, pero no mucho; y no puedes ser gente, que es un concepto horrible, hasta bastante más tarde.
Tú no eres gente. Eso me gusta de ti.
Vaya… Mi historia se parece bastante a la tuya… Dígame, Doctor Hedu: ¿es eso malo?
Maiko: Cierto es que a los seis años no se es apenas persona, pero yo tenía esa semilla de pedantería que luego da lugar a gente pedante a la que, en ese sentido en el que yo aspiraba a serlo, aguanto más bien poco.
Un honor que te acordaras de mí…
Oriol: La historia en sí es traumática y es preferible no vivirla, pero una vez terminada deja paso a cierto tipo de persona, y la verdad es que me gusta ser yo.
No he dicho en ningún momento que lo mío fuera un camino de rosas