A finales del verano pasado comenté los hábitos y costumbres de mis compañeros de habitación de mayo a octubre, los insectos voladores. Pues se da la circunstancia de que han vuelto a hacer aparición en este mi centro de operaciones: el fin de semana pasado empezó a caer un bicho enorme por noche, con ritmo implacable; nunca se juntan más de dos tras caer el sol, nunca menos de uno.
En mi habitación el ordenador está encendido todo el día, y la ventana sólo se abre a determinadas horas porque durante la mayor parte de la mañana y la tarde el calor fuera es mortal; de modo que esto se convierte en lo más parecido al Infierno sobre la faz de la Tierra. A los bichos parece gustarles.
Se dan hostias contra la lámpara como afición sin compromiso y a la mañana siguiente aparecen rendidos sobre el suelo o la mesa, esperando que sea su enemigo el que retire sus cadáveres y los entierre bajo hojas sueltas y chicles en la papelera. Polillas son las más de mis huéspedes, aunque a partir de ahí pueden observarse auténticos horrores de la Creación: una originalidad en la fisionomía de estos insectos que resulta terrorífica. Al menos a mí no me hace ninguna gracia convivir con estos seres.
No te quejes: mi gata me trae cucarachas todo el año, ¡a la cama!
Qué apañá, tu gata…
¡Ten cuidado, no te vayas a convertir en Polillaman!