Hace una semana el Camarada Bakunin publicó en Halón Disparado un texto del que no era autor, pero con el que decía compartir opinión. En dicho texto, escrito a raíz de este otro (hostia, cuánto enlace), se ponía a parir la poesía, con escasas excepciones.
Desde luego, se pueden escribir tonterías y se puede tener un elevado concepto de uno mismo que te deje como un imbécil, pero la parte de eso que incluye escribir cosas que sólo aspiran a reflejar sensaciones y que no tienen por qué tener mucho sentido, o ninguno,
ME GUSTA.
¡Lo admito! Luego ya está el asunto de la rima. Transmitirá mucho esto:
El pastor bobo guarda las caretas,
las caretas de los pordioseros y de los poetas
que matan a las gipaetas
cuando vuelan por las aguas quietas.
Pero la manera de la que lo escribió Lorca fue la siguiente: cogió un montón de palabras que terminaban igual, y luego las colocó de manera que formaran frases completas (¡anda, podría haber acabado el poema así, que rima!) y contaran algo, Dios sabe qué. Y al final quedó muy bien, pero si te pones a pensar cómo empezó el asunto es casi un embuste.
Luego está la otra manera de rimar los versos, más propia de la poesía asociada a la música: se tienen cantidades ingentes de frases ingeniosas más o menos poéticas sueltas, y se juntan las que acaban igual, normalmente en asonante, aunque si cae algo en consonante será una feliz coincidencia.
No sé cuál de las dos tésnicas es mejor (o peor, ustedes dirán), pero la verdad es que tampoco contra rimar porque sí estoy. Hasta los ripios si no son petulantes los acepto. Estoy más de parte de los comentaristas de ambos posts enlazados que de sus autores: soy amante del asueto y del vacío, y me da igual.