¡Y cómo lastiman los celos!
Te seguí, Elena, desesperado e inerme,
junto al mar de iridiscente espuma,
indefenso hasta el paroxismo;
tal vez no quisieras verme,
tal vez fuera la bruma…
o tal vez fuera tu astigmatismo.¡Y cómo lastiman los celos! ¡Aaayyy!
Caminabas descalza por la arena
y yo caminaba detrás,
adorándote en silencio desde lejos,
arrastrando mudo mi condena;
y te grité cuando no pude más:
“¡Cuidado con los cangrejos!”¡Y cómo lastiman los cangr… eh, los celos!
No me contestaste, Elena;
pero te seguí por la playa con mi pena,
alucinado por la magia de tus ojos azabache;
y vacilé al escribir tu nombre en la arena,
pues nunca supe bien si Elena
es con hache.(Luis Carlos Álvarez Fresón, Y cómo lastiman los celos, poema perteneciente a su libro titulado Atardecer de un ocaso crepuscular. Vale, es de Les Luthiers, en la introducción a su Bolero de los celos.)


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