Andaba yo por la Plaza Alta… En mis sueños la Plaza Alta de mi pueblo se asemeja bastante a la Carrera del Genil de Granada: es como cinco o diez veces más larga y ancha y está llena de heladerías por los dos lados. Era un día soleado en que los niños corrían y los viejos charlaban entre sí, sentados en los bancos que mi subconsciente se había inventado traicioneramente para tan magna ocasión.
Yo andaba entretenido en tan veraniego día en esa afición que tantos comentarios sarcásticos me ha costado: mirar a las niñas. Comprendan mi edad y mis necesidades fisiológicas: las chicas caminaban por delante y yo, movido por un impulso extraordinario, las seguía por detrás disimuladamente, como quien no quiere la cosa, al paso justo para no adelantarlas ni quedarme excesivamente por detrás.
Las chicas son uno de los elementos más extraños de mis sueños: en ellos, todo el sexo opuesto se conoce. Todas las féminas del mundo se conocen entre sí, y tienden a formar hileras interminables, de kilómetros de longitud, unas con los brazos sobre los hombros de otras contándose cosas probablemente carentes de interés, pero que a mí se me antojaban altamente sexuales.
Por alguna razón, crucé la calle que había a mi derecha, a la derecha de aquel paseo que nunca ha existido, y volví a una acera que puede ser visitada en mi pueblo sin mayor problema, porque está ahí, en su sitio. Miré para atrás y lo vi: una moto enorme e imponente, con unas ruedas colosales y conducida por un jovenzuelo al que se le veían ganas de disfrutar del momento —mala señal— se dirigía hacia mí justo por donde yo caminaba despreocupadamente: la acera. No hubo sangre: me bajé elegantemente, situándome en la calzada, y dejé que el joven siguiera su camino.
Sin embargo, cuando este sujeto se hallaba a escasos metros por delante de mí y yo ya había vuelto a subir a la acera, no pude contener un grito rabioso con el que, ya que estaba, me descargaba en contra de todos aquellos motoristas desconsiderados con los que me había cruzado a lo largo de mis escasos años de vida:
—¡Hijo de puta!
El motorista siguió su camino. Durante escasos segundos. Justo en la esquina, giró en redondo y se colocó en una posición ideal para asegurarme una muerte rápida pero no por ello indolora. Yo, impulsivamente, sentí que lo que debía hacer en aquel momento era correr. Y, a ser posible, en dirección contraria a donde estaba este señor.
Así que corrí y llegué a un sitio. Ese sitio, me dijo mi subconsciente (el mismo cabrón que me había puesto aquellos bancos en el paseo), era Armilla. Debía de ser el nuevo nombre de aquella parte de la calle Real Alta, al que se llegaba corriendo todo recto desde la plaza, preferentemente huyendo de motoristas enfurecidos. No había carteles, pero aquello era Armilla, seguro. Alguien había puesto naves en aquel tramo de la calle Real Alta, y a mi derecha había un aparcamiento subterráneo. Poco antes de llegar a él estaba un amigo. Mi amigo vive en Dílar, así que la mezcla de escenarios cada vez resultaba más pintoresca.
—Hola —me dijo—. ¿Qué haces?
—Huyo de un motorista enfurecido que quiere dar al traste con mis ilusiones de tener hijos, formar una familia y, sobre todo, seguir vivo —respondí.
—Bueno, como ya nos ha visto juntos supongo que ya le da igual atropellarte a ti o a mí. Vamos a entrar en ese aparcamiento y a ponernos a dar vueltas como locos huyendo de él, que probablemente entrará también a perseguirnos, causando gran caos. Y mira a tu vecina y a esas chicas a las que sólo conoces de vista: seguro que ellas también bajan al aparcamiento y se ponen a correr.
En efecto, todos bajamos por la rampa del aparcamiento y de pronto me vi corriendo sin una dirección en concreto por un aparcamiento, perseguido por un motorista enfurecido y acompañado por un amigo, mi vecina y unas cuantas chicas más a las que sólo conocía de vista. Ya nos habíamos dispersado todos; cruzábamos puertas, nos encontrábamos unos con otros y dábamos vueltas en círculo; a mi amigo hacía ya rato que no lo veía; la escena era ciertamente inquietante y todo el mundo chillaba y por algunas rendijas entraba luz…
Desperté en mi cama, maravillándome ante tamaña aventura. Miré el reloj: apenas las cinco de la mañana. Fui a dormirme otra vez, pero algo me despertó: sonó el móvil y me percaté de que había recibido un mensaje. “Voy a salir a la calle y me voy a cargar a un publicista o dos”, pensé para mis adentros; mas, cuando fui a leer el mensaje, me percaté de que no se trataba de publicidad, sino que era una chica, una compañera de clase. “¿Qué deberes había de Lengua?”, decía, con, evidentemente, más faltas de ortografía. Cuando ya estaba redactando un mensaje breve cuyo contenido se podría resumir en “¿Qué coño de horas son estas para andar preguntándome los deberes?”, volví a despertar…

