Empollón

Una de mis múltiples aficiones durante los ahora tan frecuentes ratos de aburrimiento pronunciado es inmiscuirme en los MSN Spaces de compañeros de clase y demás seres pobladores de mi alrededor. Eso es lo que estuve haciendo durante cierta porción del segmento temporal que abarca el concepto “anoche”.

Es ésta una afición malsana, porque cada vez que, pobre de mí, la llevo a cabo, termino más misántropo que nunca y profundamente resentido por lo bien que vive y lo socialmente aceptado que es el adolescente medio. Así acabé yo anoche, claro.

Fue durante esta sesión de fisgoneo durante la que me encontré con un espacio de cuya existencia no me había percatado entonces. Lo escribía una señorita. La chica, presa de la euforia de fin de curso, daba un repaso a toda su clase y a un buen número de sus profesores, señalando sus características e intercalando un “Qué bien me caes” entre cada par de frases.

Aquella clase de la que hablaba el post era la mía. Yo también salía, casualmente; casi al final y acompañado por dos escuetas líneas, pero salía. La expresión clave para definirme, mi etiqueta en la vida y el resumen de mis posibilidades sociales estaban allí, todos juntos reunidos en cinco palabras: “El empollón de la clase.”

“Empollón” es una palabra bonita. Quiere decir que me esfuerzo en clase, que llevo los deberes hechos, los apuntes al día y los materiales en orden; que soy un chaval inteligente y educado, que no meto follón, no me peleo y soy en general un tío cabal. Mediante una complicada y retorcida línea de razonamiento lógico se podría llegar también a la conclusión de que no bebo, no fumo, poseo cierta creatividad, prefiero leer a irme de botellón, no considero éticamente correcto tratar a las mujeres como objetos y, aun a riesgo de que no me consideren un héroe caído, sigo estudiando en lugar de irme a limpiar mesas más horas diarias de las recomendables por un sueldo mísero después de haber estado diez años interrumpiendo clases. Y además soy modesto.

Curiosamente, el término “empollón” suele usarse despectivamente. Los “Qué bien me caes” se han concentrado en los héroes caídos.

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