Son tres meses para aprender a hacer cosas cuya utilidad real no ha sido debidamente comprobada, como hablar klingon o zulú, y pasar el resto del tiempo durmiendo o tumbado a la bartola.
Pues eso. Que una vez pasada la euforia de fin de curso ahora toca ponerse a pensar a qué carallo voy a dedicar estos tres meses de tiempo libre y noches de viernes. He aquí lo principal (que luego ya vendrá lo que surja y me desmontará el chiringuito…):
- Este domingo salgo por la noche para
BarcelonaTarragona, a Port Aventura, como premio por mi aprovechamiento académico y mis generosos sobornos. Prácticamente justo dentro de un mes, a finales de julio, me voy otra semana, ahora sí, a Barcelona, a ver un poco de todo. Ésta es la parte turista. - Como todos los veranos, estudiaré algún idioma. Pero éste concretamente tengo cierta acumulación: tengo que seguir usando más o menos a menudo el inglés y el esperanto, no olvidar el francés, recordar el italiano y el gallego, volver a aprender quenya, seguir con el alemán y empezar algo nuevo, por fastidiar: el lojban y el japonés son buenas ideas. (Probablemente no haga ni la mitad de todo esto.)
- Como parte de mi Cada Vez Más Evidente Conversión de las Letras a las Ciencias®, tendré que progresar con el Python, y también seguir usando LaTeX para todo, porque si no se acaba olvidando.
- Tengo que aprender a tocar la guitarra. Sí, teóricamente ya sé hacerlo, pero voto a Dios que no pasará el verano sin que me salga decentemente el solo de Stairway to heaven.
Buenas intenciones, buenas intenciones, y luego pasa lo que pasa: los susodichos tres meses se esfuman sin haber hecho ni el huevo; pero ya lo dice el dicho: la intención es lo que cuenta.
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