At the Drive-In han vuelto

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Vaya año me vais a dar, hijos. La noticia la tienen, por ejemplo, aquí. Otros que me rompieron el corazón, aunque estos sí que se separaron diez años antes de que yo los conociera, así que no me sentía tan maltratado por las coincidencias. Rezo, solo rezo porque haya gira europea. Me da igual adónde tenga que ir a verlos.

Mis Reyes de 2012

Atentos, pues seré breve:

  • Minotaur, la caja que agrupa la discografía de los Pixies. Se trata de una pijada como pocas he tenido anteriormente en mis manos, pero me tranquiliza saber que nadie ha tenido que hipotecarse para comprarla. Es muy visual: hasta la más insignificante porción de la caja o los libretos está concienzudamente diseñada, y prueba de que gran parte del valor del objeto está en lo que se ve es que las páginas de los libretos son todas gruesas como portadas en cartoné. En resumen, está chulísima, y trae material de sobra (incluyendo videoclips, una actuación en directo, etc.).
  • Un Boss DS-1. La distorsión de mi ampli siempre le ha resultado sospechosa a todo el mundo; el Boss ha venido para resolver el problema. Es maravilloso.
  • Una cartera. No hay mucho que decir sobre ella.

Feliz año a todos, por cierto.

Doble reseña: el Tractatus y las Investigaciones

Anuncié hace unos días que era mi intención dedicarles una entrada al Tractatus y a las Investigaciones. Últimamente no suelo reseñar lo que leo, pues lo hago por obligación y sin esperar ninguna revelación, pero como esta extraña pareja sí que me ha causado cierta impresión creo que merecen algún comentario. Les decía el otro día que mi proyecto actual es, siempre junto con la carrera, construirme una buena base en aquellos campos de la filosofía que más me interesan y en los que más futuro me veo, y todos ellos cabe agruparlos bajo la etiqueta —esto lo digo ahora— “filosofía analítica contemporánea”. La filosofía analítica nació al amparo de una serie de autores de los que Wittgenstein supone la culminación. Y Wittgenstein son fundamentalmente dos libros: estos que aquí reseño. Entender el Tractatus y las Investigaciones es entender a ambos Wittgenstein, y no hay más de dos.

Tractatus logico-philosophicusEl Tractatus me lo he leído en la edición de Tecnos (colección “Los esenciales de la filosofía”), que recomiendo encarecidamente. Entender el Tractatus a pelo es imposible, intentarlo es una pretensión estúpida. En esta edición que les propongo la tarea de comprender el Tractatus se hace posible gracias a las abundantes notas de un experto como Valdés Villanueva, y la introducción resulta también tremendamente instructiva. Esto no quiere decir que, puestas las notas, de repente se abran los cielos y ya pueda prescindirse del esfuerzo. El Tractatus, incluso en esta edición, ha de ser leído con calma y dejando cada proposición reposar. Pero puedo garantizarles que si leen así tanto el texto como las notas entenderán el sentido de la obra (como mucho, se escaparán detalles) y el esfuerzo no habrá sido en vano. Y ahora, mi opinión sobre el libro en sí, una vez entendido: es maravilloso. Llegar a la última proposición me dejó tocado aun cuando llevaba sabiendo el final desde mucho antes de decidir que iba a leerme la obra; ver que todo había acabado, que el círculo se había cerrado, que la conclusión estaba plenamente justificada, me causó una sensación intensa, una seguridad que no tardó en írseme pero que por un momento estuvo ahí (gracias a Dios que se fue la seguridad, porque poco habría podido hacer en filosofía con ella). El Tractatus es una obra hermosa en la que un hombre lucha contra sí mismo hasta alcanzar su destino.

Las Investigaciones las he entendido peor. En su caso sí existe la posibilidad de leerlas sin guía, tal como yo he hecho, y por sí mismas pueden llegar a arrojar luz sobre su sentido; pero siempre quedan detalles en sombra, y como el Tractatus sí lo leí comentado puedo decir que tengo un conocimiento más exhaustivo de este, aun siendo más complicado, que de las Investigaciones. Mi edición es la de Crítica, que es bilingüe y muy bonita (no encuentro la portada en una buena resolución para ponerla aquí a la derecha). Pensaba, como anuncié, leer algo de biografía complementaria antes de ponerme a dar mi opinión sobre las Investigaciones, pero se dan las circunstancias de que (1) lo que aquí estoy contando es mi impresión inicial sobre cada uno de los libros, al margen de la bibliografía complementaria, y (2) en cualquier caso, el texto de apoyo que tenía pensado leer era el Wittgenstein: reglas y lenguaje privado de Kripke, del que ya me leí una buena parte el cuatrimestre pasado, así que las líneas generales del argumento wittgensteiniano (si Kripke tiene razón) me las sé y me he leído las Investigaciones a la luz de dicho conocimiento. Así que puedo decir qué me han parecido: son mucho más humildes que el Tractatus, y probablemente por ello mucho menos impactantes, pero son igualmente hermosas. Las guía un empeño implacable por destapar la verdad, una inteligencia despiadada que de todo sospecha. Al final uno no tiene nada, pero ve las cosas de manera completamente distinta; aparte, he apreciado muchísimo todas esas pequeñas observaciones casi al margen, en parte no relacionadas con la discusión principal, que coinciden con algunas que yo llevaba mucho tiempo haciendo en mi cabeza. Pequeñas paradojas escépticas que pensaba que solo a mí me preocupaban y que en su día, resulta, pasaron por la cabeza de Wittgenstein.

Fantásticos ambos libros, pues. No voy a recomendarlos porque admito que son temas que o te gustan o no, y mucho te tiene que gustar la filosofía, o muy obsesionado tienes que estar con ciertos problemas, para decidirte a adentrarte en tan abstruso campo como el que tratan estas dos obras. Mi única recomendación va a ser esta: si están alguna vez interesados en saber qué dice el Tractatus, lo suficientemente interesados como para leérselo, háganlo en la edición comentada por Valdés Villanueva. Por lo demás, elijan su camino.

Plan de ruta

Lamento la situación a la que estamos llegando: apenas escribo, pero es debido a que justo antes de las vacaciones he tenido un par de parciales de cierta intensidad y no tenía demasiado tiempo que dedicar a aquello que no fuera estrictamente obligado. Ahora tendré que emplear las vacaciones en ir adelantando estudio para febrero y completar unos cuantos trabajos, pero llevo el curso bien, así que no voy a tener que enclaustrarme (no creo que hubiera podido hacerlo, de todas formas) y podré pasarme por aquí. Estoy leyéndome al margen de las clases algunos clásicos de la filosofía y estudiando algunos autores y temas que me interesan especialmente, y de ahí podría salir alguna entrada medio personal para este blog. Ahora mismo, en concreto, estoy estudiando por mi cuenta a Wittgenstein, y en cuanto termine de leerme las Investigaciones y haya utilizado un par de textos complementarios para entenderlas en medida suficiente diré por aquí algo sobre dicho libro y sobre el Tractatus, que me leí hace unas semanas y me impresionó profundamente. También he leído algo de Hume y me dispongo a leer a mi adorado Quine. Así que material tenemos, y espero que no tengan ustedes que esperar mucho tiempo para verlo.

Traducciones

Para los poco duchos en inglés, todos ésos que piensan que deberían proyectar “Gomaespuminglish” en todos los centros de secundaria del Reino debido a su alto valor pedagógico, el título de la serie seria “Rompiendo mal”; la industria española del doblaje lo dejaría en “Vaya par de anfetas” o “Jungla de cristal: la serie”, pero la traducción más ajustada según los cánones internacionales sería “Yendo a peor”.

(Francesc Miralles en La Página Definitiva.)

La asignatura que faltaba

Puede que se acuerden (también puede que no) de que a la hora de matricularme en el curso en el que ahora estoy intenté cogerme no solo asignaturas correspondientes a mi año, que es primero, sino también del segundo curso. Di muchísimas vueltas y durante la mayor parte del tiempo pareció que iba a ser imposible conseguir lo que me había propuesto, pero el caso es que, finalmente, estoy matriculado en un par de asignaturas de segundo. Y una de ellas la estoy dando este cuatrimestre, así que, como ante la duda no la mencioné en su día, sería ahora el momento de hacerlo.

La asignatura en cuestión se llama Pensamiento Español del Siglo XX y va exactamente sobre lo que su nombre indica, aunque un poco reducido porque uno esperaría dar más autores y al final se da solo a Ortega y a Zubiri. La primera mitad de las clases (la dedicada a Ortega) nos las dio el profesor titular, que, dejando de lado lo incómodas que hace las horas su discutible personalidad, la verdad es que explicaba de puta madre. Esta segunda mitad, la de Zubiri, está a cargo de un becario que lo suyo lo explica también con mucha claridad pero que además cuenta con el plus de la simpatía. Lo que damos no es demasiado de mi interés, pero eso no hace que deje de ser interesante. Así que mi impresión ponderada es positiva.

Mis conclusiones sobre Bélgica y los Países Bajos

Yo siempre había querido visitar Europa, ver cómo es el mundo civilizado, etc. Ahora creo que puedo decir que he tenido una experiencia medianamente representativa de cómo es la Europa continental y, efectivamente, es algo diferente, precioso en general en su arquitectura y su urbanismo y poblado por una gente que realmente ves que aspira a vivir cada vez mejor y no, como ocurre en Granada, a salir del paso. (En Granada, al menos, ves que nadie que tenga un mínimo de responsabilidad aprecia su ciudad o tiene alguna ilusión de convertirla en algo bonito.)

Pero yo no viviría en Bélgica ni en los Países Bajos. No me sentí cómodo recorriendo ninguno de los dos países, no pude dejar de sentirme un extraño (y uno puede no sentirse un extraño fuera de su propio país: yo en Londres andaba por las calles como Pedro por su casa). A mí lo del «Si es que, al final, en España se vive mejor que en ningún sitio» siempre me ha parecido una pollada, pero prefiero vivir en mi Granada sucia y fea (o, por supuesto, un millón de veces antes en Londres) que en un lugar en el que todo el mundo es rico y todo está pensado partiendo de ese principio, y que le jodan a lo que haya fuera de la burbuja. Un lugar en el que la gente es más cerrada, en el que todo es extraño.

No se confundan: me lo he pasado genial por allí arriba y casi todo lo que he visto me ha encantado. Pero aquello no es el tipo de sitio del que uno se enamora ya para siempre y en el que sabe que acabará viviendo. Está bien para ser visitado, y ya está.

Hasselt y Maastricht

Ya lo tengo decidido: la penúltima entrada en relación con el viaje, que es esta, va a tratar las dos ciudades de la lista que me quedan por comentar. En la última, que espero que no se demore mucho (saldrá mañana o pasado como mucho), describiré mis impresiones generales sobre Bélgica y los Países Bajos.

A Hasselt fuimos porque es donde vive la persona a la que habíamos ido a visitar. No es especialmente bonito (solo lo suficiente) ni tiene mucho interés, pero puede valer como muestra de cómo viven los belgas fuera de lo que todo el mundo ve. Viven de puta madre. Por lo demás, nada en concreto que reseñar.

Maastricht, por su parte, es la primera ciudad a la que llegas tras cruzar la frontera con los Países Bajos (nosotros fuimos en un autobús urbano desde Hasselt). Esta sí que estaba bastante chula, aunque no sabría señalar nada concreto. Era más bien la ciudad en general, sus edificios y su río en conjunto, lo que molaba.

Como ven, este último día (último si quitamos el de vuelta, durante el que no vimos nada) fue con diferencia el más aburrido y carente de contenido de todos. Eso sí: a la vuelta de Maastricht tuvimos que cambiar de tren en Lieja, y la estación de tren de Lieja está muy chula. Puede que fuera incluso lo mejor del día. Pero ya está.

Ámsterdam: el Barrio Rojo

Para finalizar nuestra visita a la ciudad del pecado fuimos al barrio del pecado, que está justo debajo de la estación, adonde habíamos tenido que volver para dejar las bicis en la tienda situada al lado de ella donde las habíamos alquilado. Y mi opinión sobre el Barrio Rojo se puede resumir de la siguiente manera: es flipante.

No digo que sea flipante por los coffee shops, que al fin y al cabo los puedes encontrar en cualquier parte mejor vista de Ámsterdam, ni por la inmensa variedad de setas alucinógenas que puebla cada escaparate. No: lo digo por las putas.

Las putas del Barrio Rojo son preciosas. No todas, que de todo tiene que haber en la viña del Señor y a cada uno le va un rollo distinto, pero hay muchas que no parecen putas sino actrices porno de perfectas que son. Y no es ya que estén buenas o dejen de estarlo: es que hay muchas que son muy guapas, lo que se cepilla todo concepto de puta que uno pudiera tener. En cuanto al funcionamiento del servicio, tienen ya muchas páginas que lo describen. Solo diré que es todo muy curioso hasta que ves que de hecho hay un tío asomado a la puerta preguntando precios, y que los acepta y entra y la puta corre las cortinas. Entonces pierdes de golpe toda la inocencia que te pudiera quedar, si es que lo que llevabas visto de Ámsterdam te ha dejado alguna.

Con eso concluyó nuestra visita a Ámsterdam y los mejores días del viaje. Aún contaremos alguna cosa más, pero no nos va a dar para más de dos entradas porque lo verdaderamente interesante lo hemos contado ya.

Ámsterdam: el resto (del día)

Lo que toca ahora es contar todo lo que dejamos sin contar de Ámsterdam… de día, porque de noche vimos el Barrio Rojo y a él le vamos a dedicar una entrada aparte.

Ámsterdam es bonita, pero un poco triste y gris. Tiene mucha menos vegetación que otras ciudades que vimos a lo largo del viaje, pero lo compensan los canales, que están por todas partes y la hacen tan pintoresca como la que más. Así que los únicos sitios en los que uno puede quejarse de poca alegría son los que no tienen agua, esto es, el centro-centro. La Dam, en concreto, es más bien fea. El ayuntamiento de Ámsterdam es tristísimo, y miren que los ayuntamientos de estas ciudades suelen ser impresionantes. Pues no. La Dam en su conjunto no transmite nada, y las calles aledañas no tienen nada de especial. Pero Ámsterdam no es solo eso, claro.

Es envidiable (a nivel espiritual, que ya saben que en su momento me puso de los nervios) lo extendida que está la bicicleta. Es la cosa más normal del mundo, todo el mundo la usa, y hay enormes extensiones de ellas aparcadas.

Después de comer fuimos a ver el Rijksmuseum, que es el museo nacional holandés. Es muy pequeño (un par de plantas que se ven enteras y con calma en poco más de una hora) pero tiene unas cuantas cosas importantísimas de Vermeer y de Rembrandt que no encuentras en otro sitio. Fue un rato muy agradable, de estar a resguardo bajo techo, de estar tranquilos. Y después de eso ya tiramos para dejar las bicis.

En cuanto pueda hablaremos del Barrio Rojo. Porque hay que hablar.




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