Anuncié hace unos días que era mi intención dedicarles una entrada al Tractatus y a las Investigaciones. Últimamente no suelo reseñar lo que leo, pues lo hago por obligación y sin esperar ninguna revelación, pero como esta extraña pareja sí que me ha causado cierta impresión creo que merecen algún comentario. Les decía el otro día que mi proyecto actual es, siempre junto con la carrera, construirme una buena base en aquellos campos de la filosofía que más me interesan y en los que más futuro me veo, y todos ellos cabe agruparlos bajo la etiqueta —esto lo digo ahora— “filosofía analítica contemporánea”. La filosofía analítica nació al amparo de una serie de autores de los que Wittgenstein supone la culminación. Y Wittgenstein son fundamentalmente dos libros: estos que aquí reseño. Entender el Tractatus y las Investigaciones es entender a ambos Wittgenstein, y no hay más de dos.
El Tractatus me lo he leído en la edición de Tecnos (colección “Los esenciales de la filosofía”), que recomiendo encarecidamente. Entender el Tractatus a pelo es imposible, intentarlo es una pretensión estúpida. En esta edición que les propongo la tarea de comprender el Tractatus se hace posible gracias a las abundantes notas de un experto como Valdés Villanueva, y la introducción resulta también tremendamente instructiva. Esto no quiere decir que, puestas las notas, de repente se abran los cielos y ya pueda prescindirse del esfuerzo. El Tractatus, incluso en esta edición, ha de ser leído con calma y dejando cada proposición reposar. Pero puedo garantizarles que si leen así tanto el texto como las notas entenderán el sentido de la obra (como mucho, se escaparán detalles) y el esfuerzo no habrá sido en vano. Y ahora, mi opinión sobre el libro en sí, una vez entendido: es maravilloso. Llegar a la última proposición me dejó tocado aun cuando llevaba sabiendo el final desde mucho antes de decidir que iba a leerme la obra; ver que todo había acabado, que el círculo se había cerrado, que la conclusión estaba plenamente justificada, me causó una sensación intensa, una seguridad que no tardó en írseme pero que por un momento estuvo ahí (gracias a Dios que se fue la seguridad, porque poco habría podido hacer en filosofía con ella). El Tractatus es una obra hermosa en la que un hombre lucha contra sí mismo hasta alcanzar su destino.
Las Investigaciones las he entendido peor. En su caso sí existe la posibilidad de leerlas sin guía, tal como yo he hecho, y por sí mismas pueden llegar a arrojar luz sobre su sentido; pero siempre quedan detalles en sombra, y como el Tractatus sí lo leí comentado puedo decir que tengo un conocimiento más exhaustivo de este, aun siendo más complicado, que de las Investigaciones. Mi edición es la de Crítica, que es bilingüe y muy bonita (no encuentro la portada en una buena resolución para ponerla aquí a la derecha). Pensaba, como anuncié, leer algo de biografía complementaria antes de ponerme a dar mi opinión sobre las Investigaciones, pero se dan las circunstancias de que (1) lo que aquí estoy contando es mi impresión inicial sobre cada uno de los libros, al margen de la bibliografía complementaria, y (2) en cualquier caso, el texto de apoyo que tenía pensado leer era el Wittgenstein: reglas y lenguaje privado de Kripke, del que ya me leí una buena parte el cuatrimestre pasado, así que las líneas generales del argumento wittgensteiniano (si Kripke tiene razón) me las sé y me he leído las Investigaciones a la luz de dicho conocimiento. Así que puedo decir qué me han parecido: son mucho más humildes que el Tractatus, y probablemente por ello mucho menos impactantes, pero son igualmente hermosas. Las guía un empeño implacable por destapar la verdad, una inteligencia despiadada que de todo sospecha. Al final uno no tiene nada, pero ve las cosas de manera completamente distinta; aparte, he apreciado muchísimo todas esas pequeñas observaciones casi al margen, en parte no relacionadas con la discusión principal, que coinciden con algunas que yo llevaba mucho tiempo haciendo en mi cabeza. Pequeñas paradojas escépticas que pensaba que solo a mí me preocupaban y que en su día, resulta, pasaron por la cabeza de Wittgenstein.
Fantásticos ambos libros, pues. No voy a recomendarlos porque admito que son temas que o te gustan o no, y mucho te tiene que gustar la filosofía, o muy obsesionado tienes que estar con ciertos problemas, para decidirte a adentrarte en tan abstruso campo como el que tratan estas dos obras. Mi única recomendación va a ser esta: si están alguna vez interesados en saber qué dice el Tractatus, lo suficientemente interesados como para leérselo, háganlo en la edición comentada por Valdés Villanueva. Por lo demás, elijan su camino.